Praga es una de esas ciudades que parecen soñadas. Su belleza no necesita filtros ni artificios: basta con caminar por sus calles para sentir que el pasado sigue vivo. Situada a orillas del río Moldava, la capital de la República Checa combina la majestuosidad de los siglos medievales con el encanto de una metrópoli moderna.
El corazón de Praga late en su Ciudad Vieja, donde se levanta el Reloj Astronómico, una maravilla del siglo XV que cada hora cobra vida ante los ojos de cientos de visitantes. A su alrededor, las fachadas góticas y barrocas, los cafés y las pequeñas tiendas crean una atmósfera única. Caminar por esta zona es como entrar en una pintura viva.

El Puente de Carlos, construido en el siglo XIV, une la Ciudad Vieja con el barrio de Malá Strana. Con sus treinta estatuas barrocas y su vista del Castillo de Praga, es uno de los lugares más fotografiados del mundo. Cruzarlo al amanecer, cuando la neblina cubre el río, es una experiencia que parece salida de un cuento.
En lo alto de la colina se alza el Castillo de Praga, un conjunto monumental que domina la ciudad desde hace más de mil años. Dentro de sus muros se encuentran la Catedral de San Vito, el Antiguo Palacio Real y el Callejón del Oro, donde alguna vez escribió Franz Kafka. Desde sus terrazas, la vista de los tejados rojizos de Praga es inolvidable.
El barrio de Malá Strana conserva la elegancia de la vieja Bohemia. Sus calles empedradas, sus jardines escondidos y sus pequeñas iglesias invitan a perderse sin prisa. Es el lugar ideal para detener el tiempo y disfrutar una copa de vino checo en una taberna tradicional.
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