Machgielis «Max» Euwe nació en los Países Bajos en 1901 y, contra todo pronóstico, se convirtió en el quinto campeón mundial de ajedrez en 1935. Su reinado fue corto: solo hasta 1937. Pero aunque su corona fue efímera, su influencia en el mundo del ajedrez y en la educación intelectual fue profunda y duradera.
Max Euwe no era un jugador profesional a tiempo completo. Era profesor de matemáticas, doctor en lógica y apasionado por la enseñanza. Veía el ajedrez no solo como competencia, sino como una herramienta para pensar mejor.
En 1935, Euwe desafió al entonces campeón mundial, Alexander Alekhine. Pocos creían que tenía una posibilidad real. Alekhine era considerado imbatible, brillante y agresivo. Euwe, en cambio, era metódico, tranquilo y sin el aura de genio que muchos esperaban de un campeón.
Pero Euwe sorprendió al mundo al ganar el match por 15.5 a 14.5. Su preparación fue científica, su juego sólido y su fortaleza mental admirable. Demostró que la constancia, la lógica y la disciplina pueden vencer al talento más impredecible.
En 1937, Alekhine recuperó el título. Y así, Euwe se convirtió en un campeón efímero. Pero no fue un campeón menor. Fue, tal vez, uno de los más respetados por su integridad, humildad y compromiso con el ajedrez como herramienta de formación.
Euwe escribió más de veinte libros de ajedrez. No lo hizo para presumir, sino para enseñar. Sus obras se caracterizan por una claridad notable. Explicaba ideas complejas con palabras sencillas, y guiaba al lector paso a paso, como lo haría un buen maestro.
Para Euwe, el ajedrez era una forma de pensamiento ordenado. Más allá de las jugadas brillantes, le interesaba la estructura del razonamiento, la toma de decisiones y el aprendizaje progresivo. Por eso, muchas generaciones de jugadores aprendieron con sus libros, desde principiantes hasta maestros.
Entre 1970 y 1978, Euwe fue presidente de la FIDE, la Federación Internacional de Ajedrez. Su mandato coincidió con uno de los periodos más delicados del ajedrez: la Guerra Fría.
Durante su gestión, defendió la equidad, la apertura y la neutralidad. Fue clave en la organización del legendario match entre Bobby Fischer y Boris Spassky en 1972, un encuentro que no solo fue deportivo, sino también político y simbólico. Euwe también impulsó la expansión del ajedrez a África, Asia y América Latina, buscando que el juego fuera verdaderamente universal.
Max Euwe solo fue campeón del mundo por dos años, pero su legado se extiende mucho más allá de esa breve etapa. Fue un modelo de integridad, un puente entre el deporte y la educación, y un defensor del ajedrez como arte, ciencia y ética.
En tiempos donde el brillo dura poco y la fama se consume rápido, Euwe nos recuerda que lo más valioso no siempre es ganar, sino lo que dejas cuando enseñas, compartes y lideras con honestidad.


