Los Tratados de Jamaica, firmados en enero de 1976, marcaron un antes y un después en la historia del sistema financiero internacional.
Bretton Woods, creado en 1944, había dado estabilidad durante casi treinta años.
Su lógica era simple.
Tipos de cambio fijos.
Un dólar convertible en oro.
Monedas vinculadas al dólar.
Ese equilibrio empezó a romperse en los años sesenta.
Las causas fueron claras.
El aumento del déficit fiscal y comercial de Estados Unidos.
La inflación asociada al gasto público y a la Guerra de Vietnam.
La pérdida de confianza internacional en la convertibilidad del dólar en oro.
En 1971, el presidente Richard Nixon tomó una decisión histórica. Suspendió de manera unilateral la conversión del dólar en oro.
Con ese anuncio, Bretton Woods quedó prácticamente terminado.
Para 1976, el diagnóstico era evidente. El antiguo sistema no iba a volver. Hacía falta un nuevo marco legal que reconociera la realidad ya existente.
Los Tratados de Jamaica no crearon un sistema nuevo.
Confirmaron que el anterior había terminado.
El cambio fue profundo.
El mundo pasó de reglas rígidas y monedas ancladas al oro, a un sistema flexible, dominado por los mercados y la política monetaria nacional.
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